Cuaderno de Bitácora

Un cielo con vistas a Júpiter



Júpiter era para los babilonios Marduk, el gran dios. Para los egipcios era Amon. Para los griegos Zeus. Para los romanos Júpiter. En todos estos casos, este planeta era el dios supremo de las respectivas creencias, incluso por encima del Sol. ¿Por qué consideraron a Júpiter como divinidad suprema y no a Saturno, Venus o Mercurio?

Júpiter, Rey del Cielo

Hoy en día sabemos lo enorme que es el planeta Júpiter, su composición, su diámetro, pero estos conocimientos estaban más allá de las posibilidades de los astrónomos de hace dos o tres milenios.

Tanto Venus, Mercurio o Marte llegan a poseer un brillo mayor que el de Júpiter. Sin embargo, ni Venus ni Mercurio se separan mucho del Sol (debido a que poseen órbitas interiores a la de la Tierra) y aunque Mercurio llega a magnitud -2 y Venus a -4, en ningún caso es posible considerarlos dueños de la bóveda celeste. Saturno posee un periodo de traslación casi el doble que el de Júpiter (30 años) y aunque se desplaza por todo el cielo, está situado tan lejos del Sol, que su brillo jamás rivaliza con el joviano. El último contendiente, Marte, sí llega a superar en las oposiciones la magnitud de Júpiter: pero el resto de su órbita las pasa con un brillo muy menguado. Por tanto, como sólo puede quedar uno, el brillo y su dominio de toda la eclíptica, convierte a Júpiter en el indiscutible Rey del Cielo. Y cierto es que durante estas semanas, para los observadores planetarios, lo es.

Júpiter y Galileo

El origen de nuestra visión moderna de Júpiter se sitúa en el siglo XVII. En las primeras noches de 1610, hace 392 años, una persona con gran curiosidad de nombre Galileo Galileo dirigió su rudimentario anteojo, que había construido él mismo, hacia Júpiter. Registró, con curiosidad, la posición de unas estrellas que (sin duda, casualmente) aparecían muy cerca de él. Al día siguiente, observó el mismo hecho. Y lo mismo el 10, 11, 12, 13 y 15 de enero. Estas estrellas, definitivamente, no tenían un comportamiento normal: eran arrastradas por Júpiter en su movimiento entre el resto de estrellas. Galileo, perpicazmente, concluyó que ¡Júpiter también poseía lunas orbitando a su alrededor!

En marzo de 1610, Galileo publicaba Sidereus Nuncius (el Mensaje de las Estrellas), en donde recopilaba una extraordinaria cantidad de descubrimientos, entre ellos, la de los satélites hoy conocidos como galileanos: «Estas son las observaciones de los cuatro Planetas Medíceos por mí descubiertos recientemente por vez primera, por más que sus periodos aún no puedan conocer numéricamente, es posible al menos señalar observaciones dignas de consideración». En estas consideraciones, se realiza la primera defensa de la teoría copernicana, en base a pruebas directas.

Sin embargo, fue un pre-descubridor, quien ha dado nombre a estas lunas. Simón Marius reclamó haberlas observado en noviembre de 1609, pero dejó constancia escrita. Galileo, y aún hoy en día, nombraba a las lunas por su cercanía a Júpiter: I, II, III y IV. En 1614, Marius, a partir de una sugerencia de Kepler, estableció el nombre de los satélites galileanos: «Júpiter es conocido por los poetas por el número de sus amores irregulares. Mencionan especialmente a tres doncellas de haber sido cortejadas clandestinamente por Júpiter con éxito. Io, la hija del Río, Inachus, Calisto de Lycaon, Europa de Agenor. Y luego estaba Ganímedes, el hijastro del Rey Tros [...] Creo que no lo haría mal si llamo al Primero Io, al Segundo Europa, al Tercero, por su majestuosa luz Ganímedes, el Cuarto Calisto».

El Planeta Gigante

Júpiter es un planeta gigante. Tiene un diámetro ecuatorial de 143 mil kilómetros: más de 100 veces el de la Tierra. Júpiter no es una roca sólida, como pueda ser nuestro planeta, la Luna o Marte, sino que está compuesto de gases. No en vano, su composición es prácticamente idéntica al Sol: el 75% de su masa está en forma de hidrógeno y el 25% restante, en helio. Júpiter, situado cinco veces más lejos del Sol que la Tierra, tarda 13 años en completar una vuelta al Astro Rey.

Curiosamente, Júpiter da dos vueltas y media sobre sí mismo en un día terrestre: su periodo de rotación es de 10 horas. La combinación de esta velocidad con su origen gaseoso, hacen de Júpiter una bola achatada por los polos.

Observando a Júpiter y sus satélites

La observación de las cuatro grandes lunas de Júpiter puede hacerse sin problemas con unos simples prismáticos, que tendrán con toda seguridad una calidad óptica superior al anteojo que usó Galileo Galilei para descubrirlas. Es recomendable ayudarse de un trípode para posicionar los binoculares y que no tiemble la visión con nuestro pulso al sostenerlos.

Para el seguimiento del complejo de cinturones y bandas que conforman la atmósfera joviana, se requiere un telescopio con buenos aumentos: cuantos más, mejor. Con un diámetro de 10 centrímetros y 150 aumentos, se puede llegar a distinguir la Gran Mancha Roja: un gigantesco huracán con, al menos, 300 años de historia (los mismos años que se ha podido observar en condiciones la superficie del gigante planetario). Lo deseable, desde luego, es ver a Júpiter a través de un telescopio de 20 ó 25 centímetros, trabajando a 300 aumentos. Todo buen observador planetario sabe que con la experiencia se logran distinguir más detalles en los planetas y Júpiter no es una excepción.Debido a la alta rotación de Júpiter, es posible observar buena parte de su superficie durante una jornada de observación (si empleamos desde el anochecer al atardecer).

Hoy en día, los aficionados están realizando un trabajo excelente de seguimiento de Júpiter, utilizando tecnología digital, como cámaras CCD. Para los que poseen telescopio, pero sin recursos para adquirir una CCD, existe una última esperanza (bueno, quiero decir, a parte del Sorteo de Navidad): las webcam. Algunas de las cámaras para videoconferencia que se venden en cualquier tienda de informática son capaces de captar bellas imágenes de Júpiter, acopladas a un buen telescopio.

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