Cuaderno de Bitácora

Nos han robado las estrellas

¿Quien ha podido observar la Vía Láctea desde la ciudad? ¿Quien la ha visto, incluso, desde el campo? Hasta hace algunos años, la observación de las estrellas era posible desde cualquier núcleo urbano o en las periferias. Hoy en día, es imposible observar más de un centenar de estrellas desde una ciudad como Las Palmas de Gran Canaria o Telde y al ritmo actual es muy posible que dentro de poco sólo se puedan ver una o dos decenas como ocurre en Madrid y Barcelona. Esta situación no es sólo preocupante en las ciudades sino que están poniendo en grave aprieto la calidad del cielo en los lugares más alejados del campo.

Las Islas Canarias son conocidas en todo el mundo por ser uno de los tres o cuatro lugares más privilegiados del planeta en cuanto a calidad celeste y el turismo científico, como extensión del rural, aún está por comenzar a explotarse. Pero si no ponemos remedio, algunas islas como Gran Canaria va a perder competitividad y atractivo turístico.

La contaminación luminosa supone un problema ecológico y suele ser signo inequívoco de derroche energético, y por tanto, económico. No sólo nos deja sin estrellas sino que además amenaza a la flora y fauna acostumbrados a la oscuridad. La irrupción de la luz en ámbitos naturales, cambia los hábitos de los insectos y de esta forma se rompe el ciclo de la vida en esas zonas. Además, algunas de las bombillas son residuos peligrosos: en España anualmente van a parar a los vertederos 800 kilos de mercurio.

El grupo ecologista Greenpeace y la Agrupación Astronómica de Madrid han realizado un estudio detallado de la capital del Estado español. Sus datos demuestran que, utilizando farolas y bombillas de consumo eficiente en las carreteras, sólo el Ayuntamiento podría ahorrarse 2.500 millones de pesetas cada año. En La Palma, donde la población es menor, los municipios también están ahorrándose varios millones de pesetas anuales sólo con utilizar luminarias diseñadas para enfocar toda la luz hacia el suelo y no dejar que se escape hacia el cielo. De hecho, en Cataluña, donde el atractivo astronómico no es ni mucho menos comparable al de las Canarias, ya son muchos los ayuntamientos que han adaptado sus reglamentos de iluminación
pública.

¿Cómo luchar contra la contaminación luminosa? En realidad, los astrónomos no están pidiendo que apaguemos las ciudades, todo lo contrario. Quieren que estén mejor iluminadas. Pero una zona muy iluminada no es necesariamente un lugar bien iluminado. Las farolas con 'bombetas' redondas, cuya bombilla queda totalmente al descubierto, envían la mitad de su brillo directamente
hacia el cielo: de cada 100 pesetas gastatas en esa farola, 50 están siendo desperdiciadas. En otros lugares, las farolas bajan la intensidad de las bombillas pasada la medianoche.

El Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) posee una oficina que homologa luminarias como 'amistosas con el medioambiente' a aquellos fabricantes que se lo solicitan. También están a disposición de arquitectos, municipios y particulares que quieran informarse de cómo iluminar bien y no gastar energía de forma innecesaria.

Tenerife y La Palma poseen un gran atractivo, ya que la Ley del Cielo aprobada por el Gobierno de Canarias salvaguarda su futuro. Incluso el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife ha seguido la estela de otros municipios catalanes que ya se han comprometido a utilizar farolas eficientes y no contaminantes: luz para el suelo, oscuridad para el cielo.

Deseamos que los responsables de nuestros organismos públicos, ya conscientes de la necesidad de preservar nuestros espacios naturales, tomen medidas para ayudar a que no sólo se siga viendo el Sol de día, sino que también se vean las estrellas de noche.

Víctor R. Ruiz
Abril 1999

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