Cuaderno de Bitácora

Impactos

Miles de pequeños asteroides y cometas del Sistema Solar tienen trayectorias que cruzan la órbita terrestre. Sólo es cuestión de tiempo que alguna de estas rocas estelares ponga de nuevo en peligro la vida en nuestro planeta.

1. La verdad está ahí afuera.

El 9 de diciembre de 1997 los habitantes de la desértica Groenlandia se vieron sorprendidos por la caida de un meteorito. Este evento fue registrado por detectores sísmicos, satélites meteorológicos, por habitantes de la parte oeste de la isla, un pescador en la costa y una video cámara en Nuuk. Los detectores de terremotos grabaron un seismo que se prolongó durante más de 10 segundos. Por su parte, la videocámara de Nuuk (capital de Groenlandia) grabó un gran flash durante dos segundos proveniente de una fuente luminosa en movimiento. Por suerte, este impacto no causó ningún daño, ni personal ni material, aún calculándose que el meteorito debía pesar 4 mil toneladas.

Menos suerte tuvieron los habitantes de la igualmente desértica Siberia. El 30 de junio de 1908, en la región de Tuguska, una bola de fuego arrasó con 2150 kilómetros cuadrados. Los árboles cayeron de forma radial, señalando el epicentro del estallido. Varias poblaciones quedaron calcinas y el resto arrastradas. El aire era tan caliente que incendiaba la ropa instantáneamente. Pero además, esta explosión, comparable a 2000 bombas de Hiroshima, se hizo sentir a muchos miles de kilómetros, por todo el planeta. Nubes resplandecientes de pequeñas motas de hielo, recubiertas de polvo, iluminaron las siguientes noches en el Este de Siberia y Asia Central. Incluso los astrónomos de Estados Unidos vieron cómo la transparencia del cielo nocturno decaía.

El caso de Tuguska ha sido el más importante caso de hecatombe "celestial" registrado en la historia reciente, pero probablemente no halla sido el único y mucho menos el último. El cráter de Chixulub, en el Golfo de México, es el lugar donde los científicos creen que descansan los restos del asteroide que precipitó la desaparición, hace 65 millones de años, de miles de especies, entre ellas los dinosaurios. Además, los satélites espías en órbita a la Tierra registran frecuentemente detonaciones de origen natural en la atmósfera con una energía de miles de toneladas de TNT.

2. Objetos cercanos.

En la actualidad se tienen catalogados con precisión casi 10 mil asteroides y varios cientos de cometas, aunque hay muchos más que no se han observado durante el tiempo suficiente como para poder estimar su órbita. La probabilidad anual de que alguno llegue a impactar con la Tierra no es alta, pero sus consecuencias serían tan catastróficas que no huelga ignorar el riesgo de colisión.

Los asteroides son rocas que en su mayor parte se concentran en el Cinturón de asteroides, una zona demarcada por la acción gravitatoria de Júpiter y Marte. El más grande de los asteroides conocidos en Ceres, con 1000 kilómetros de diámetro, tan solo un tercio más pequeño que la Luna.

Los astrónomos clasifican a aquellos asteroides que se internan en la órbita de la Tierra como "apolos", pues el honor al primer ejemplar de esta categoría. Vistos con telescopio, son pequeños puntos luminosos, al igual que las estrellas. Al ser rocas, los asteroides no reflejan mucha luz y son difíciles de observar. Tal es así, que el asteroide denominado 1994 XM1, fue descubierto doce horas antes de pasar... ¡a un tercio de la distancia que nos separa de la Luna! Esta vez nos salvamos por los pelos.

Los cometas, al contario, no son cuerpos sólidos. Son objetos más parecidos a una bola de nieve sucia, que evapora su material cuando se acerca al Sol. El Sistema Solar está rodeado de cometas, la Nube de Oort, a una distancia de 1 año luz. Otra región muy poblada de estos cubitos de hielo siderales es el Cinturón de Kuiper, situado desde más allá de la órbita de Neptuno. Los cometas, pues, proceden de las profundidades de nuestro Sistema Solar y hasta hace muy poco la tecnología no permitía detectarlos a menos que se encontrasen a una distancia similar a la de Saturno.

Aun sabiendo que en su mayor parte son agua, no hay que desdeñar la capacidad destructiva de los cometas. En julio de 1994, los trozos del cometa Shoemaker-Levy 9 cayeron en la superficie de Júpiter. Las sensibles cámaras electrónicas del telescopio IAC-80 (del Observatorio del Teide) [Simulación del impacto del SL-9] quedaron saturadas por el brillo del primer impacto. Horas después, los astrónomos pudieron observar cómo en la zona del impacto había aparecido una gran nube oscura de varios miles de kilómetros de longitud. La cara del dios del Olimpo, Júpiter, quedó marcada durante semanas por un minúsculo cometa, el cual había capturado y trozeado durante los años 70. ¿Qué hubiera pasado si la víctima de este choque hubiese sido la Tierra?

En realidad, la Tierra y el resto de planetas y satélites del Sistema Solar ha sido objetivo continuo de impactos. La superficie de nuestro satélite natural es una muestra de lo que ha estado ocurriendo desde la formación del Sistema Solar. La Luna, una esfera de 3000 kilómetros de diámetro, está totalmente craterizada, algo que podemos comprobar facilmente con un pequeño telescopio. En la Luna no hay atmósfera y tampoco tectónica de placas. Estos agentes erosionantes, que no actúan en la superficie lunar, se han encargado de borrar las huellas de la mayoría de los impactos que se han producido en la superficie terrestre. Las excepciones están contadas y son 150 cráteres en todo el mundo, cuya muestra más conocida es el de Arizona, de 3 kilómetros de longitud.

3. Vigilancia espacial.

El caso de Tunguska, Chicxulub, Júpiter y el comprometedor acercamiento del asteroide 1989FC a la Tierra alertaron en un principio a políticos y científicos del peligro de impacto. En 1991, el Comité de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca estadounidense pidió a la NASA que organizase dos grupos de trabajo. El primero trataría de definir un proyecto para incrementar la detección y catalogación de asteroides cuyas órbitas cruzan la Tierra. El otro grupo estaría dedicado a conocer qué sistemas y tecnologías habría que utilizar para desviar de su trayectoria un asteroide, o llegado el caso, destruirlo. Los resultados de estos estudios desembocaron en una resolución del Comité, tres años más tarde, en el que se pedía a la NASA que en colaboración con el Departamento de Defensa y otras instituciones internacionales, identificaran antes del año 2014 a todos los asteroides y cometas cuyo diámetro fuese mayor de 1 km y cruzasen la órbita de la Tierra. Sin embargo, ninguno de los proyectos ha sido definitivamente aprobado por el Congreso.

En vista de la desidia política, los astrónomos han tomado la iniciativa y han puesto en marcha algunos programas de presupuestos reducidos. El Near Earth Asteroid Tracking (NEAT, Seguimiento de asteroides cercanos), es un proyecto auspiciado por el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) para la catalogación y vigilancia de las órbitas de los asteroides que más se acercan a nuestro planeta. NEAT ha sido el primer proyecto totalmente automatizado, desde la observación hasta el seguimiento de nuevos objetos, pero trabaja sólo 3 noches al mes. El proyecto Spacewatch, subvencionado por la Universidad de Arizona (EE.UU.), trabaja 20 días al mes con un telescopio en el observatorio de Kitt Peak. Sin embargo, otros proyectos han tenido menos suerte, como el Spaceguard Australia, que tras un par de años de funcionamiento, el gobierno australiano no renovarle la partida presupuestaria.

Otro proyecto de seguimiento de cometas y asteroides es el The All Sky Survey. Tom Droege, un ingeniero del Laboratorio Nacional de Argonne, tras el impacto del cometa Shoemaker-Levy 9 quedó sorprendido por la poca atención que los astrónomos, tanto profesionales como aficionados, prestaban a la vigilancia espacial. Ni corto ni perezoso, construyó un sistema con 3 cámaras electrónicas trabajando en paralelo, que distribuidos por todo el mundo realizarían una observación ininterrumpida de todo el cielo. Este sistema lo distribuyó entre quienes tuvieran oportunidad de utilizarlo. Actualmente hay más gente involucarada y están construyendo una versión mejorada para detectar objetos más débiles. Una buena parte del esfuerzo está consistiendo en desarrollar programas informáticos que manejen la ingente cantidad de datos que se generará diariamente.

De forma más aún más modesta muchos astrónomos aficionados utilizan el tiempo libre para realizar seguimiento de cometas y asteroides. Mediante sus telescopios y cámaras electrónicas registran la posición de estos objetos del Sistema Solar. El Centro de Planetas Menores de la Unión Astronómica Internacional, con dichos datos, determina con precisión sus órbitas y trayectorias. En España el grupo más volcado a esta tarea es el Observatorio Astronómico de Mallorca (OAM). Enclavados en Costix, el observatorio tiene varios pequeños telescopios. Este grupo de astrónomos, pertenecientes a la Sociedad de Cometas y Meteoros de España, han logrado descubrir cuatro nuevos asteroides durante 1997. Por si fuera poco, el OAM realizó una de las campañas de observación más completas sobre el Hale-Bopp a nivel mundial.

Desde los grandes observatorios profesionales, como los del Instituto de Astrofísicas de Canarias (IAC), también se han descubierto varios asteroides. Sin embargo, el carácter altamente competitivo a nivel científico de estas instalaciones y a sus limitados presupuestos, les ha impedido por ahora dedicar parte de sus recursos a observaciones comunes de cometas y asteroides.

4. Investigaciones.

El interés de los científicos por conocer más a nuestros asiduos visitantes, y las catástrofes que pueden ocasionarnos, es hoy poy hoy alta.

Las agencias espaciales están apostando claramente por la visita a cometas y asteroides. La primera misión en la que un ingenio terrestre fotografió de cerca un cuerpo menor del Sistema Solar fue en 1986 cuando la sonda Giotto de la ESA captó las únicas imágenes que todavía se tienen de un núcleo de cometa, en aquella ocasión del Halley. Ya en 1993, la sonda Galileo de la NASA pasó a pocos kilómetros del asteroide Gaspra y años más tarde sobrevoló Ida. Por primera vez pudimos ver mediante imágenes cómo eran los asteroides. La Galileo actualmente orbita Júpiter y estudia su sistema de satélites.

Y este año comienza una larga lista de misiones cuyo objetivo principal es, al menos, entrar en órbita alrededor de un cuerpo menor. Sondas como la NEAR, Rosetta, Stardust, Countour, Deep Space 1 y Muses-C se encargarán de inspeccionar concienzudamente asteroides y cometas. Incluso, alguna de estas misiones van más allá y se espera que recojan muestras de la superficie y las envien a la Tierra para su análisis. Rosetta es una misión calificada de prioritaria para la Agencia Espacial Europea (ESA). Esta sonda, que se lanzará en el 2003 a bordo de un cohete Ariane, irá al encuentro del cometa Wirtanen cuya órbita tiene un periodo de 6 años. La ESA quiere conocer la evolución del cometa según se acerca al Sol.

Estas misiones van a ser de gran interés científico al ofrecer información sobre la composición exacta de los asteroides y cometa, que ayudarán a concretar las acciones necesarias si alguna vez tuviéramos que tratar de destruirlos. Ya la NEAR, cuyo destino es Eros, nos ofreció datos sobre el asteroide Mathilde tras su sobrevuelo en julio de 1997. Los científicos de la misión han calculado que al menos el 50% del volumen de esta roca espacial está hueca, quizás al ser muy porosa.

Las simulaciones realizadas por científicos de las consecuencias de un impacto no son muy estimulantes y es que la colisión de un asteroide con más de 1 kilómetro de diámetro supondría una catástrofe mucho mayor a la peor de las guerras nucleares. La liberación de millones de megatones sólo sería el comienzo de una lenta agonía para los supervivientes a la explosión. Si el cometa o asteroide callese en el mar, las olas arrasarían kilómetros de costa hacia adentro. Las grandes cantidades de polvo emitidas cubrirían un velo sobre la atmósfera e impedirían el paso de la luz solar, descendiendo de forma inmediata la temperatura global y acabando con la cadena de alimentación basada en vida fotosintética. No sería el final de la vida en la Tierra, pues en las fosas abisales y en pequeñas cuevas erméticas existen organismos capaces de sobrevivir sin necesitar luz: una nueva oportunidad para el desarrollo de otro tipo de seres inteligentes. Estas son algunas de las conclusiones a las que Carl Sagan, junto a otros especialistas, llegó con su estudio sobre el «invierno nuclear».

4. Defensa espacial.

¿Estamos preparados para defendernos? Tecnológicamente, sí. Poseemos una flota de sondas interplanetarias que están husmeando a control remoto todo el Sistema Solar. Nuestro problema radica en poder predecir con suficiente antelación el posible impacto, para interceptar al objeto y desviarlo de su trayectoria original. Cuanto más cerca esté de la Tierra, más energía habría que utilizar y por tanto menos posibilidades de éxito.

Descubiertas las intenciones a grandes distancias, cabría la posibilidad de hacer detonaciones nucleares enviando sondas con cabezas atómicas. Curiosamente, hace unos años China trató de saltarse el tratado internacional de no proliferación de armas nucleares argumentando que estaban investigando en la defensa contra impactos. Otras propuestas para modificar las órbitas son más exóticas. Proponen la utilización de grandes velas que utilizarían el viento solar para arrastrar al objeto en otra dirección. El que el objeto se acercase a la Tierra demasiado, implica, además que se tendría que trabajar en contra de la aceleración que nuestro planeta aplicaría.

5. ¿Por qué no?

Aunque hay quien dice que antes de buscar vida inteligente en otros planetas deberíamos empezar buscándola en la Tierra, los humanos hemos desarrollado una civilización altamente tecnológica y capaz de dar el salto en unos decenios a la conquista del Sistema Solar. Desaparecida la amenaza de una guerra entre las superpotencias de los años 80, entramos en un milenio fascinante donde la globalización de la comunicación y la economía serán los grandes protagonistas. ¿Qué nuevos inventos nos esperan? ¿Qué descubrimientos maravillarán a nuestros descendientes? Si no prestamos un poco de atención a lo que ocurre encima de nuestras cabezas, quizás nos llevemos una sorpresa... cuando sea demasiado tarde. Es cuestión de tiempo.

7. Otros.
- Eugene M. Shoemaker. Geólogo de profesión, Shoemaker labró su vida alrededor de los cráteres de impacto. Fascinado por los cráteres lunares, fracasó en su intento por convertirse en uno de los astronautas en pisar la Luna. Sin embargo, actuó de científico de la misión y ayudó a los astronautas en la investigación de la superficie lunar. Descubrió, junto a su esposa Carolyn, más de 32 cometas, el más famoso el Shoemaker-Levy 9. Fue uno de los principales impulsores, junto a Eleanor Helin, del programa de Vigilancia Espacial propuesto al Congreso norteamericano. Irónicamente, murió en julio de 1997 en una colisión automovilística.

- Azuara. Según investigaciones recientes de Michael R. Rampino, planetólogo de la NASA, en esta localidad de Zaragoza hace 35 millones de años un asteroide o cometa impactó produciendo un cráter de 36 km de diámetro. El cometa, o asteroide, medía dos kilómetros de longitud y viajaba a una velocidad de entre 20 y 60 km por segundo. Este impacto habría sido el culpable de la desaparición de la extinción de muchos pequeños animales que poblaban Europa por ese entonces, además de contribuir a un descenso de las temperaturas en todo el planeta. Marc Aurell, de la Universidad de Zaragoza, defiende que la morfología de Azuara puede tener otras explicaciones menos catastrofistas y descarta la hipótesis del impacto.

- Alerta: Swift-Tuttle. El material lanzado al espacio por este cometa es el responsable de la lluvia de estrellas fugaces conocidas por Perséidas. Con un periodo de 133 años, es el objeto cercano a la Tierra más grande, con 8 kilómetros de diámetro. El responsable de la Oficina de Telegramas de la Unión Astronómica Internacional, Brian G. Marsden, calculó que en su próximo regreso a la Tierra en el 2126 este cometa va a ser impresionante, aunque quizás demasiado impresionante. La posibilidad está ahí, pero Brian Marsden es cauto ya que los chorros que lanzan los cometas cambian de manera apreciable su órbita.

- La otra cara de la moneda. Los objetos cercanos a la Tierra no sólo pueden constituir una amenaza para la vida en la Tierra, sino también para el mercado del oro. Con el abaratamiento de los lanzamientos, empresas estadounidenses como Lunacorp y Harvest Moon, Inc. están trabajando en misiones de minería espacial. Aprovecharían la cercanía de los asteroides para obtener de ellos raros metales en la superficie terrestre como son el oro, platino, paladio, iridio, osmio, rubidio y rodenio. Pequeños robots se encargarían de las labores de extracción para su posterior envío a nuestro planeta. Prepárense para una nueva fiebre del oro... espacial.

- ¡Oh, cielos! Últimamente existe un boom de películas catastróficas y también de ciencia ficción. Estos dos géneros han sido combinados en dos películas de próximo estreno en EE.UU.: Deep Impact y Armageddon. Deep Impact está protagonizada por Robert Duvall y Morgan Freeman, y entre los títulos de crédito se puede leer a Arthur C. Clarke por su novela "El martillo de Dios". Los efectos especiales corren a cargo de IL&M, de Geroge Lucas, quienes dieron vida al asteroide en ruta de colisión con nuestro planeta. Se estrenará en EE.UU. el 1 jul 1998. Por su parte Armageddon cuenta entre sus papeles principales con Bruce Willis y Liv Tyler, quienes se las tendrán que ver y desear para tratar de destruir a un cometa dispuesto a arrasar la vida en la Tierra. En EE.UU. Armageddon se estretanará el 8 may 1998, y habrá que esperar al verano para que se estrene en Europa.

6. Bibliografía.

- Páginas web del NEAT, Spacewatch, NEAR, JPL y ESA.
- "Digging for Gold", Jeffrey S. Kargel. Astronomy, diciembre 1997.
- "El impacto de Azuara y sus efectos", Michael R. Rampino, Universo nº 29.
- "Impactos al descubierto", J. Kelly Beatty. Cosmos, abril 1994.
- "¿Amenaza el cometa Swift-Tuttle a la Tierra?", Brian G. Marsden. Cosmos, abril 1993.
- "Viaje a Tunguska", Roy A. Gallant. Cosmos, agosto 1994.


Víctor R. Ruiz
22 abr 1998

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