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{ Ciencia, política y absolutismo moral }

Juan Ignacio Perez Iglesias escribe este artículo titulado Un alegato contra el animalismo, en el que continúa un largo (e interesante) debate sobre ciencia y sociedad. En Twitter tiene otro título más llamativo, «Una respuesta al animalismo: estar contra la ciencia es estar contra las personas». El origen del debate es el artículo firmado por el físico Pablo Echenique (eurodiputado de Podemos), defendiendo que ahora su papel en el Parlamento es de representante público. Echenique explicaba que, a pesar de su opinión personal sobre ciertos asuntos, tendrá que votar lo que sus votantes decidan, por ejemplo, en contra de los transgénicos. Esto no sentó nada bien en una parte de la comunidad científico-divulgadora española, que ha criticado a Pablo por esa razón. Echenique, sin embargo, se situaba a favor del uso de animales para la investigación, y Ruth Toledano criticó su postura: La casta científica y el paradigma ético de Podemos. A este artículo de Ruth es al que responde Juan Ignacio Pérez.

He seguido el debate con interés, sorpresa y decepción. Interés porque los temas tratados tienen importancia: ¿Cuál es el papel de la ciencia en la política? ¿Cómo tomar decisiones que tienen un impacto en la sociedad? ¿Cómo gestionar sus riesgos? Sin embargo, el debate ha sido un tanto corporativista y, me duele decirlo, simplón. Hay un grupo de personas que se consideran a sí mismas racionalistas que pretenden el monopolio de la verdad bajo la bandera de la «ciencia», algo equivocado y harto peligroso.

Uno de los recursos retóricos que usa el partido Podemos cuando se refiere a sus propuestas es acompañarlas del calificativo «democráticas». Así, el oyente las aceptará mejor y si el «enemigo» se opone, es que es «antidemocrático». Juan Ignacio utiliza este recurso retórico cuando califica al movimiento animalista de «antimoderno» y «anticientífico». Por antimoderno se refiere a las ideas de la Ilustración. Según Pérez, el posmodernismo sustenta el relativismo cultural y animalismo. El posmodernismo también justificaría los nacionalismos, que están detrás de las ideologías nazi y estalinista, los más anti-científicos y anti-modernos de todos. Así que, ¿quién se va a oponer a la modernidad y a la ciencia?

Animalismo. Posmodernismo. Estalinistas. Nazis. Está claro ¿no? En este punto bastaría citar la Ley de Godwin para que Toledano reclamara la victoria en la confrontación. Pero siendo generosos, y haciendo la excepción, el problema es que ¡todo es un disparate argumental! Parece que últimamente está de moda despreciar la filosofía desde las filas divulgadoras-científicas, como hizo recientemente Neil deGrasse Tyson. Reconozco mis enormes limitaciones en este campo, así que no trato de sentar cátedra: creo que esta respuesta estaría mucho mejor hilvanada por un buen filósofo. Pero, a la vista de la popularidad de los argumentos de Juan Ignacio entre mis conocidos, voy a desmontar algunos argumentos que para mi son claramente falsos. Vayamos por partes.

¿Existe una moral científica?

No, no existe tal cosa. De la ciencia no se deriva que se tenga que experimentar, o no, con animales. Dicha decisión no es en sí misma científica, o anticientífica. Es un dilema moral. Si bien los dilemas morales se pueden estudiar científicamente, el dilema permanece fuera del ámbito científico. En filosofía se denomina el problema del ser y el debe ser. David Hume afrontó la cuestión en el «Tratado de la naturaleza humana», allá por 1740. Copio directamente de la Wikipedia.

«En todo sistema de moralidad que hasta ahora he encontrado, siempre he notado que el autor procede por algún tiempo en los modos ordinarios de razonamiento, y establece la existencia de Dios, o hace observaciones concernientes a los asuntos humanos, cuando de pronto me veo sorprendido de encontrar, que en vez de los enlaces usuales de las proposiciones, es y no es, encuentro que no hay ninguna proposición que no esté enlazada con un debe, o un no debe. Este cambio es imperceptible; pero es, sin embargo, de grandes consecuencias. Pues como este debe, o no debe, expresa una nueva relación o afirmación, es necesario que sea observada y explicada; y que al mismo tiempo se dé una razón, para lo que parece totalmente inconcebible: cómo esta nueva relación puede ser una deducción de otras, que son completamente diferentes de ella».

Este problema del «ser» y «debe ser» lleva atormentando a los pensadores durante más de tres siglos, y no ha sido resuelto satisfactoriamente. Y esta distinción es importante, porque la ciencia trata de lo que «es» y de lo que «no es». Por supuesto que hay intentos desde el campo científico para atacar el problema del «debe ser». Uno de los más recientes es el realizado por el neurocientífico Sam Harris, autor del libro The Moral Landscape: How Science Can Determine Human Values. Harris apostó 2000 dólares a que nadie pondría en cuestión su tesis, y perdió contra el filósofo y científico cognitivo Ryan Born. Harris propuso una moral basada sólo en dos axiomas. Y sin embargo, olvidó demostrar científicamente la realidad moral de dichos axiomas -algo que la ciencia se resiste a poder hacer.

Por tanto, cuando un científico habla de cómo es la naturaleza, el «es» o «no es», debemos prestar mucha atención. Pero cuando un científico se refiere a cómo «debe» o «no debe ser» la sociedad, hay que extremar el cuidado porque la autoridad ya no es la de la bata de laboratorio, sino la del hábito de púlpito -si me permiten este travieso símil. El científico no puede olvidar que es un ser humano, y como tal, está sometido a la irracionalidad. La propia neurociencia nos dice que no somos seres racionales, sino racionalizadores: nuestras mentes primero toman decisiones y luego tratamos de argumentarlas.

A pesar de ello, parece común entre los humanistas la idea de que existe una moral universal de la misma forma que existen leyes físicas universales, y que en algún momento los científicos la desentrañarán. Y al ser objeto de la ciencia, serán los científicos los más preparados para dilucidar cuestiones éticas. Pero ésto, en el mejor de los casos, se trata de una hipótesis sin demostrar. Y en el peor, un acto de fe en otra ideología que aspira como tantas otras al absolutismo (por supuesto, siempre con las mejores intenciones). El problema filosófico del «ser» y «debe ser» tiene profundas ramificaciones. Los legisladores también huyen de este nihilismo ético y apelan a la existencia de un supuesto derecho natural universal. Entiendo que los ateos aborrezcamos la idea de que nuestra moral es básicamente irracional, porque nos puede situar a un palmo de distancia de los creyentes religiosos. Y sin embargo, la posición científica y racional es que la existencia de tal moral absoluta y universal no está demostrada.

(Dejemos volar un poco la imaginación. Supongamos por un momento que Sam Harris hubiese descubierto realmente unas leyes morales universales a partir de los cuales deducir el «debe ser», y que fuera posible construir una «Máquina Moral» que infiriera todos los derechos humanos, las constituciones, que evaluara la bondad de las leyes, las políticas, los dilemas colectivos e individuales. La máquina sustituiría a jueces y a legisladores. Sería el fin de las ideologías y el de la responsabilidad. Quizás incluso de la libertad de pensamiento... ¿No suena bonito?)

El peligro del absolutismo moral científico

Debatía hace unas semanas con el propio Juan Ignacio Pérez que me parecía que el papel de los científicos como intelectuales durante esta crisis económica había sido, a mi parecer, corporativista, escaso y pobre. Sin embargo, al hilo de este debate, y visto los argumentos esgrimidos, estoy reconsiderando mi postura: casi prefiero que haya sido así. Hay quienes pretenden que científicos suplanten a los políticos y a la sociedad la capacidad de decisión sobre lo qué está bien y mal. En base a sus conocimientos científicos pretenden poseer una moral cualitativamente superior: supuestamente racional e universal.

Decía Pérez: «Si no se acepta que los seres humanos han de tener prelación absoluta [...] quiebra un principio básico. Esto no es discutible». En absoluto. No es discutible... Una de las frases que he detestado tradicionalmente es «El sueño de la razón produce monstruos». Pérez dice, incluso, que cuando se critica a la ciencia por sus monstruosidades confundimos interesadamente a la ciencia, que es neutral, con su uso. En el fondo estamos de acuerdo, el conocimiento en sí mismo es neutral, pero la ciencia no es un ente completamente abstracto. La practican los científicos, que son humanos y tendentes a las mismas proezas y horrores que el resto de la sociedad. Y los científicos no trabajan en laboratorios financiados por generación espontánea, lo hacen por gobiernos, ejércitos, industrias, ONGs… cada uno con sus motivaciones y prioridades. Tendremos que recordar, tratando de evitar la Ley de Godwin, cuán peligroso puede llegar a ser este intento de supremacía moral.

A finales del siglo XIX un tal Darwin escribió uno de los libros más importantes de la ciencia, «El origen de las especies». Darwin explicó la teoría de la evolución a través de la selección natural. Sobra decir que la teoría de la evolución ha tenido un profundo impacto filosófico en nuestra civilización. Ofreció una explicación racional al origen de la especie humana y del resto seres vivos del planeta. Además, hizo superflua la invocación a fuerzas sobrenaturales para explicar nuestra existencia. Por supuesto, ha sido demostrada hasta la extenuación.

Un pariente lejano de Darwin, el científico Francis Galton, desarrolló investigaciones para determinar la variabilidad genética humana. Para ello desarrolló nuevas herramientas estadísticas: a Galton debemos la invención de la desviación estándar, la correlación y la regresión. En 1883, Galton propuso el concepto de eugenesia: si existían factores hereditarios que hacían mejor a unas personas que a otras, debíamos mejorar la civilización favoreciendo la reproducción de los más aptos. En 1909, Galton era presidente honorario de la Eugenics Education Society (EES), organización que publicaba la revista «Eugenics Review». En 1912 se celebró el I Congreso Internacional de la Eugenesia, al que acudió Wiston Churchill. Posteriormente, un nieto de Darwin, Charles Galton Darwin, fue también presidente de la EES. Charles fue físico y director del National Physical Laboratory inglés.

Otro proponente de la eugenesia fue Alaxender Graham Bell, quien investigó la sordera en una región de Massachusets y propuso prohibir el matrimonio entre sordos. Y con el tiempo, de la eugenesia pasiva se pasó a la activa: algunos propusieron que no sólo había que promover la reproducción de los más aptos, sino impedir que los «menos aptos» tuvieran descendencia. En una entrevista en 1937, Nikola Tesla decía:
«El único método compatible con las nociones de civilización y raza para evitar la reproducción de los no aptos es la esterilización y la orientación intencionada del instinto de apareamiento».

Cualquier lector con un mínimo de conocimientos históricos será consciente del sufrimiento que produjeron las teorías, políticas y prácticas eugenésicas durante todo el siglo XX. Evitando la Ley de Godwin: Estados Unidos, Australia, Reino Unido, Noruega, Francia, Finlandia, Dinamarca, Estonia, Islandia y Suiza tuvieron durante el siglo XX programas estatales de esterilización de deficientes mentales. En EEUU no se abolieron este tipo de leyes hasta los años 60.

La eugenesia es otro caso de confusión entre «es» y «debe ser». Aunque en la naturaleza observemos que los más fuertes sobreviven (que no es lo que dice exactamente la selección natural) no podemos deducir de ahí el imperativo moral de favorecer a los más fuertes a costa de los débiles. El origen y desarrollo de las políticas de eugenesia activa contaron con la participación, colaboración y aprobación de científicos, médicos, «modernos» e «ilustrados». Y si creen que el debate está ya cerrado, el humanista Richard Dawkins apoya la eugenesia, en concreto, el uso de ingenería genética para mejorar a los humanos.

¿El animalisto es anti-moderno?

Dice Pérez que no podemos «negarle a la ciencia su carácter objetivo y un superior valor epistemológico por comparación» y que «la misma lógica que opera en la elaboración del relativismo cultural también puede aplicarse al relativismo moral». Es correcta la denuncia del posmodernismo cuando éste pretende falsear el conocimiento obtenido gracias a la ciencia. Pero cuando se hace el símil entre el relativismo cultural y el moral, volvemos al desliz que denunciaba Hume, la confusión entre «es» y «debe ser». No, no puede aplicarse la misma lógica, porque mientras que es fácil demostrar que las matemáticas o la física no dependen de la cultura que las aplique, la existencia de una moral universal no está demostrada.

«[...] del mismo modo que no se podría afirmar la superioridad de la cultura occidental y, por lo tanto, de su más elaborada expresión colectiva -la ciencia- con relación al conjunto de culturas del mundo, tampoco se podría sostener la existencia de una diferencia cualitativa esencial entre los seres humanos y el resto de los animales, por lo que no habría razones morales para anteponer nuestros derechos a los de ellos, ni nuestro bienestar o nuestra salud, a las de ellos».

La cuestión del derecho de los animales precede al posmodernismo y viene de viejo. René Descartes trató el asunto, aunque para opinar en contra. Uno de los pensadores más influyentes de la Ilustración, John Locke, afirmó que los animales tenían sentimientos, y por tanto, la crueldad contra ellos era inmoral. Inmanuel Kant también se opuso a la crueldad con los animales. Y Jean-Jacques Roussueau, otro de los nombres estelares de la Ilustración, argumenta que se debería hacer partícipes a los animales del derecho natural: «Si me veo obligado a no inflingir daños a mis criaturas amigas, no es tanto porque sean racionales sino porque son seres que sienten». Desde el siglo XVII existen legislaciones que han ido ofreciendo niveles mayores de protección hacia los animales -hoy en día a especies enteras. Así, por tanto, el «animalismo» precede con mucho al posmodernismo que tanto denuncia Pérez.

¿Y de todo esto, qué dice la ciencia? Bueno, la ciencia dista mucho de afirmar que los humanos somos algo completamente diferente al resto de seres vivos, más bien lo contrario. A diferencia de los textos religiosos, la teoría de la evolución de Charles Darwin explicó que somos una especie más entre las muchas que habitan y han habitado el planeta. Tenemos ancestros comunes y compartimos el código genético con todos los seres vivos de la Tierra. Específicamente, compartimos el 99% de los genes con los chimpancés y los bonobos. Hace unos miles de años, compartíamos el planeta con otras especies «humanas», aunque ahora seamos la única que sobrevive.

Así pues, si el parentesco genético entre nosotros y los primates es tan grande, ¿por qué se rechaza de forma tan categórica el debate animalista? A pesar de lo dicho, quienes apoyan dar más derechos de los animales no son necesariamente anti-modernos, ni anti-científicos.

La casta científica

En el capítulo 16 de El mundo y sus demonios, titulado «Cuando los científicos conocen el pecado», Carl Sagan afirmó:

«Cuando la investigación científica proporciona unos poderes formidables, ciertamente temibles, a naciones y líderes políticos falibles, aparecen muchos peligros: uno es que algunos científicos implicados pierden la objetividad. Como siempre, el poder tiende a corromper. En estas circunstancias, la institución del secreto es especialmente perniciosa y los controles y equilibrios de una democracia adquieren un valor especial».

En este pasaje Sagan relata su enemistad con Edward Teller, el padre de la bomba de hidrógeno, y promotor del programa de escudo antimisiles Guerra de las Galaxias. La influencia de Teller en la política estadounidense (y por tanto, en la global) era enorme y, según Sagan, habría evitado la firma de tratados internacionales contra la proliferación de armas nucleares. Kubrick se basó en él para la película «¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú». Argumentaba Sagan que los científicos no pueden esconder su responsabilidad tras la neutralidad de la ciencia cuando están directamente implicados en proyectos de dudosa moral. Recordemos las teorías eugenésicas expuestas en párrafos anteriores. Y en la actualidad, cuando un tercio de los matemáticos estadounidenses trabajan en la NSA, no se puede apelar a la amoralidad de la ciencia: su complicidad con el espionaje indiscriminado y global es irrevocable.

Se demuestra una vez tras otra que los científicos son humanos y falibles. El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los sistemas democráticos tienen mecanismos para repartir y confrontar el poder, y renovarlo o reemplazarlo periódicamente. Tratan así de evitar abusos -o más bien, de impedir que los abusos perduren en el tiempo. ¿Implica ésto la desautorización de la ciencia como herramienta de conocimiento? ¿Debemos decidir en asambleas la naturaleza de la materia oscura? Claro que no, esta simplificación del debate es simplemente maniquea. En esta civilización altamente influenciada por el desarrollo científico y tecnológico, es crucial el papel de los científicos para explicar los avances y orientar (o alertar) a la sociedad sobre sus implicaciones. Pero no corresponde a la comunidad científica la responsabilidad de decidir lo que está bien y lo que está mal. Esa es la misión corresponde, en primer término a la sociedad en su conjunto y, por delegación, a los representantes públicos elegidos democráticamente.

Etiquetas:
Categorías: Política, Ciencia
Publicado el 2014-06-18 | 5 Comentarios | Enlace


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Comentarios

1
De: Juan Ignacio Pérez Fecha: 2014-06-18 15:34

Hola Víctor
No sé cómo has leído mi artículo, pero lo que dices no se corresponde en casi ningún caso con lo que yo he escrito.

Dices:
Hay un grupo de personas que se consideran a sí mismas racionalistas que pretenden el monopolio de la verdad bajo la bandera de la «ciencia», algo equivocado y harto peligroso.
Digo:
No pretendo el monopolio de la verdad entre otras cosas porque no hay tal verdad.

Dices:
Según Pérez, el posmodernismo sustenta el relativismo cultural y animalismo.
Digo:
Más bien es el relativismo cultural es que sustentó parte del discurso posmoderno, y acerca de las relaciones estrechas entre relativismo cultural y posmodernismo, creo que hay pocas dudas.

Dices:
El posmodernismo también justificaría los nacionalismos, que están detrás de las ideologías nazi y estalinista, los más anti-científicos y anti-modernos de todos. Así que, ¿quién se va a oponer a la modernidad y a la ciencia?”
Digo:
No he dicho nada de eso en mi texto. Eso te lo has inventado.

Dices
Apartados: ¿Existe una moral científica? Y El peligro del absolutismo moral científico
Digo:
Todo lo que se dice en esos apartados no tiene nada que ver con lo que yo defiendo, porque no invoco a la ciencia en ningún momento para defender mi opción moral. Es MI OPCIÓN y en ningún momento he pretendido darle carácter científico. Y te pido que me señales una sola expresión en lo que establezca alguna conexión entre ciencia y moral. Es mi moral, nada más, pero es la que defiendo y supongo que es legítimo criticar otras opciones, sobre todo aquellas que de llevarse a la práctica preferirían salvar la vida de una langosta a la mía. Cuando digo que algo no es discutible, me refiero a que PARA MI no es discutible, porque es un principio básico. Porque para poder discutir acerca de algo es preciso tener puntos de partida comunes; si no, no es posible. Pero insisto: no pretendo que eso tenga nada que ver ni con la ciencia ni con la racionalidad. Es humanismo, sólo humanismo.

Dices:
La cuestión del derecho de los animales precede al posmodernismo y viene de viejo. René Descartes trató el asunto, aunque para opinar en contra. Uno de los pensadores más influyentes de la Ilustración, John Locke, afirmó que los animales tenían sentimientos, y por tanto, la crueldad contra ellos era inmoral. Inmanuel Kant también se opuso a la crueldad con los animales. Y Jean-Jacques Roussueau, otro de los nombres estelares de la Ilustración, argumenta que se debería hacer partícipes a los animales del derecho natural: «Si me veo obligado a no inflingir daños a mis criaturas amigas, no es tanto porque sean racionales sino porque son seres que sienten». Desde el siglo XVII existen legislaciones que han ido ofreciendo niveles mayores de protección hacia los animales -hoy en día a especies enteras. Así, por tanto, el «animalismo» precede con mucho al posmodernismo que tanto denuncia Pérez.

Digo:
Ni Locke defiende otorgar derechos a los animales ni lo hace Kant, que yo sepa. Dicen, sensatamente, que es inmoral ser cruel con los animales. Yo también creo que es inmoral ser cruel con los animales, y también creo que debe perseguirse legalmente la crueldad con los animales. Me repugna. Pero hay un salto muy grande entre eso y pensar que pueden ser objeto de derechos como tú o como yo. Es ese animalismo el que no me gusta.
El animalismo lo podríamos retrotraer a Bentham, y de hecho, Peter Singer, insigne animalista, se declara utilitarista, y nada más lejos de reconocerse posmodeno. Pero sostengo que el discurso animalista que aboga por el reconocimiento de derechos para los animales es un discurso coherente con el posmodernismo, y que le resulta perfectamente familiar. Es una tesis en la que puedo estar equivocado, pero estoy seguro de que sin la importancia que ha tenido y tiene el pensamiento posmoderno en nuestras sociedades, el animalismo habría evolucionado de otra forma. También creo que el ramalazo posmoderno de Toledano no se debe tanto a su animalismo (que también) como a su caracterización de los científicos como casta al servicio del poder.
Por cierto: Rousseau defendería los derechos de los animales, cosa que no era óbice para que fuera un maltratador de mujeres y un perfecto inmoral. Y además, de ilustrado tuvo más bien poco; se dedicó, de hecho, a socavar los principios de la Ilustración, porque no hubo contemporáneo que lo aguantase y les acabó cogiendo a todos una tiña de mucho cuidado.
En resumen: insisto en que me atribuyes cosas que sencillamente no digo, y muy especialmente la pretensión de otorgar carácter científico a mis opciones morales. No lo hago. Ahí está el hombre de paja. Ahí y en la suposición de que estoy en contra de que se proteja a los animales y se castigue la crueldad.
Salud.

P.S.: para más desarrollo de las ideas sobre ciencia y democracia, aquí.



2
De: rvr Fecha: 2014-06-18 20:49

Juan Ignacio: Gracias por comentar. Vamos al grano.

J.I.: «No pretendo el monopolio de la verdad entre otras cosas porque no hay tal verdad» y «Es mi moral, nada más, pero es la que defiendo y supongo que es legítimo criticar otras opciones». Esto se contradice con otras afirmaciones que realizas: «Ese es el dilema, y es moral, por supuesto, y me atrevería a decir que prepolítico, en el sentido de que se trata de un dilema básico, fundamental. [...] Si no se acepta que los seres humanos han de tener prelación absoluta [...] quiebra un principio básico. Esto no es discutible». Ahí haces una afirmación categórica, hablas de un principio básico y pretendes que sea indiscutible. O es discutible y no tienes el monopolio de la verdad, o es indiscutible y pretendes un monopolio de la verdad. ¿Casualidad? Vuelves a defender el absolutismo moral cuando afirmas que «la misma lógica que opera en la elaboración del relativismo cultural también puede aplicarse al relativismo moral».

J.I.: «Más bien es el relativismo cultural es que sustentó parte del discurso posmoderno». Ok, acepto este matiz.

Yo decía: «El posmodernismo también justificaría los nacionalismos, que están detrás de las ideologías nazi y estalinista, los más anti-científicos y anti-modernos de todos. Así que, ¿quién se va a oponer a la modernidad y a la ciencia?» y tú decías que «No he dicho nada de eso en mi texto. Eso te lo has inventado». Recordemos:

«Los debates sobre la experimentación con animales y otros temas relativos a las implicaciones sociales de la actividad científica han puesto de manifiesto que aunque el pensamiento posmoderno inició su declive en el mundo académico tras el episodio conocido como broma de Sokal, tiene aún importantes derivaciones en el campo de la política y los movimientos sociales. Una de las más extremas es el movimiento que se opone al uso de animales en la investigación. [...] El posmodernismo es una corriente de pensamiento antimoderna. Ni ha sido la primera (el Romanticismo tuvo ese honor) ni la más dañina (los totalitarismos del siglo XX lo fueron en una medida infinitamente mayor). [...] Al fin y al cabo, los enemigos de la Ilustración lo son a todos los efectos, y no debemos olvidar que uno de los fundamentos del pensamiento posmoderno es el relativismo cultural que floreció en Europa tras la II guerra mundial, en parte por simpatía para con los movimientos anticolonialistas de entonces. [...] Y tampoco hay que olvidar que ya los románticos del siglo XIX reaccionaron en contra de los ideales cosmopolitas de los ilustrados, tratando de oponer a ese espíritu universalista las culturas particulares de cada pueblo».


J.I.: «No invoco a la ciencia en ningún momento para defender mi opción moral». En realidad, sí. Acusas al animalismo de formar parte de una ideología anticientífica, y dices que «estar en contra de la ciencia es estar en contra de las personas».

J.I: «Ni Locke defiende otorgar derechos a los animales ni lo hace Kant, que yo sepa». La tesis general que trataba de demostrar aquí es que el asunto sí es discutible, que se ha discutido, y que se ha discutido en tiempos que tú llamas «modernos», unos a favor y otros en contra.

J.I.: «Pero sostengo que el discurso animalista que aboga por el reconocimiento de derechos para los animales es un discurso coherente con el posmodernismo, y que le resulta perfectamente familiar». Tener un discurso «coherente» y ser una «derivación extrema» son cuestiones cualitativamente diferentes. Dedicas gran parte del artículo a trazar la relación entre el animalismo, el posmodernismo, el relativismo cultural y sus peligrosas derivaciones antimodernas y anticientíficas. Esto no me lo invento, está en tu texto, es tu tesis. Y la cuestionaba de raíz, demostrando que el debate animalista precede al posmoderno y no es necesariamente anticientífico. Además, se puede sostener la relación del animalismo con el universalismo ilustrado: si aborrecemos la supremacía de sexos y razas, ¿por qué parar ahí? ¿por qué no también extender los derechos a otras especies? El racismo de especies tiene incluso nombre: especismo.

J.I.: «También creo que debe perseguirse legalmente la crueldad con los animales». Imagino que estarás también a favor de las leyes de protección de especies en peligro de extinción y de parques naturales. Otorgarles protección, a costa de nuestro bienestar (por ejemplo, económico), ¿no es otorgarles derechos? Esto es algo cualitativamente diferente a lo que decías en el artículo, porque afirmabas que «los seres humanos han de tener prelación absoluta». Y ambas cosas son contradictorias.

J.I.: «Pero hay un salto muy grande entre eso [perseguir legalmente la crueldad] y pensar que pueden ser objeto de derechos como tú o como yo». Desde una concepción religiosa entiendo ese abismo, pero según la ciencia el salto entre el chimpancé y nosotros no parece tan grande. O quizás sí. Porque el asunto de fondo para mi es que este dilema moral está abierto a un debate enriquecedor que puede discurrir por cauces perfectamente civilizados, sin recurrir a la demonización del contrario, y del que la sociedad en su conjunto debe ser partícipe.



3
De: carlos vazquez Fecha: 2014-10-31 15:07

disculpen la intromisión... como puedo darme de alta?



4
De: dunia remaja Fecha: 2014-12-20 10:35

Estoy muy feliz cada palabra en este post. Ahora estoy buscando una manera para que yo pueda mejorar mi conocimiento como en este tema. Me gusta mucho la forma en que la gente de aquí interactuar y compartir opiniones sobre el post anterior.



5
De: Michael Madison Fecha: 2015-03-02 02:05

Tu postura escora mucho hacia la anticiencia. Y tu confusión filosófica es de órdago. Tocas de oído.



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